Dos palabras pueden derrumbar tu mundo: “Tienes cáncer”. Dos palabras te pueden confirmar que, efectivamente, tu mundo se ha derrumbado: “Tengo cáncer”.

¿Qué es lo primero que pasa por la mente al escuchar estas dos palabras? ¿Cómo reaccionamos ante ello? En mi caso, lo primero que pensé fue que no quería morir. Muy claro pude verme dos metros bajo tierra, en un ataúd, rodeada de oscuridad. Los ojos de mi esposo se llenaron de lágrimas, mientras mi hijo, un pequeño de dos años, se escondía debajo del escritorio del médico, pretendiendo jugar a la casita. ¿Cómo los iba a dejar solos? ¿Cómo era posible que yo me iría tan pronto? ¿Por qué yo? ¿Cáncer? ¿Es maligno? Todas esas preguntas invadieron mi mente en menos de un segundo. Mi cuerpo se estremeció por completo. Una oleada de pensamientos comenzó a desdibujar el rostro del doctor que tenía en frente de mi. Si tú has vivido una situación similar, y digo similar, porque todas las experiencias son distintas y nadie, absolutamente nadie lo vive igual, quizás, también te preguntes: ¿Y ahora qué hago?

Tengo cáncer. ¿Ahora qué hago? Muchas personas creen que la mejor opción es guardar silencio y ocultar el diagnóstico a sus familiares y amigos. Quizás le tengan miedo a los chismes de los vecinos, al cotilleo de personas mal intencionadas que se aprovecharán de la situación para hacer migas de la desgracia. O tal vez, intenten proteger a sus seres queridos del dolor y la angustia. Habrá quienes vivan en la negación de haber recibido un diagnóstico tan terrible y no quieran hablar de ello, y tan sólo quieran sentir el cálido abrazo de sus seres queridos. Algunos se refugiarán en su habitación, y se recostarán bajo la almohada, juntando energía para lo que sigue, sopesando la situación, rememorando las razones por las cuales quieren aferrarse a la vida. Otras personas, serán totalmente abiertas y lo primero que hagan será hacer llamadas, desahogarse, platicar, escribir un blog, subir fotos en sus redes sociales para contar su experiencia y enfrentarse a la noticia con el mejor ánimo posible. Pero la pregunta persiste: ¿Y ahora qué hago?

Lo único que puedo decir es recordar que no estamos solos. Nadie merece estar solo en una situación así de devastadora. Nadie merecer vivir con angustia, enojo, y miedo en soledad. Yo no pedí tener esta enfermedad. Mi cuerpo no desea tenerla. Yo jamás le di la bienvenida, ni la recibí con los brazos abiertos, así que tampoco dejaré que me quite el amor, la compañía, el abrazo, los besos, las puestas de sol, ni los amaneceres, que vivo con mis seres queridos. Si hay algo de lo que estoy segura, es que este miedo que tengo cada día -a pesar de haber concluido la mayor parte de mi tratamiento-, es persistente, pero mi propósito de vida, mis ganas de sanar, mis ganas de disfrutar el tiempo que tenga prestado, es mucho más vital y fuerte. No estuve sola desde el principio. No he estado sola en el proceso. Y no estaré sola en el final de mis días. Me di cuenta, que desde el primer momento que escuché esas dos palabras, que se repetían como espiral en mi mente, mi esposo, mis padres, mis médicos, mis enfermeras, mis amigos, mis compañeras de batalla, mis compañeras de quimioterapia, e incluso desconocidos, estuvieron ahí para escucharme, para darme ánimo, para repetirme una y otra vez que ese cáncer no se iba a llevar mi esencia.

Y es por eso que quiero que sepas, que quien sea que este leyendo estas palabras, no está sola. Somos millones de personas que estamos viviendo por algo muy similar. También tenemos miedo. También lloramos y sentimos que la vida es injusta. También deseamos regresar el tiempo y buscar a nuestro yo del pasado, observar cada uno de sus movimientos y ver dónde empezó todo. ¿Qué hicimos para estar aquí? Somos millones de personas que no dormimos en las noches por sentir nuestra alma destrozada. No estas sola porque aquí estoy yo, escribiendo estas palabras para ti. Para recordarte que sea lo que sea que estés pensando, sintiendo, viviendo, yo pienso y creo en ti. Sé que estas ahí, detrás de la pantalla, queriendo buscar respuestas. Desafortunadamente, yo no puedo responderlas, pero sí puedo decirte que si necesitas que alguien te escuche, que alguien te abrace, que alguien te de esperanza, veas a tu alrededor, y le des la mano a la persona que tienes enfrente, o le des un abrazo a tu mascota que esta debajo de tus pies, o le llames a tu amiga que siempre responde tus mensajes aunque sea tarde, o que escribas en tu libreta y dejes que tus pensamientos fluyan,y que tu voz sea escuchada por ti misma, y que tú misma te des un abrazo, y que tu misma te enredes entre las cobijas y te arrulles y te acunes con cariño. O simplemente, quiero que sepas que puedes escribirme después de leer este mensaje, y me cuentes lo que quieras contarme.

El cáncer nos enseña dos cosas en la vida:

1. No somos eternos, nuestra vida es finita, y en algún momento, somos un débil soplido de viento que desaparece.

2. Siempre, pero siempre, hay esperanza. Esperanza de vivir, esperanza de ser amados, esperanza de estar acompañados, esperanza de disfrutar la vida -por muy corta que sea-, esperanza de sonreír aunque haya dolor, esperanza de amar, esperanza de mirar las nubes, esperanza de sentir el calor del sol, esperanza de ver la luna.

Tengo cáncer, y he visitado el hospital el año pasado, mucho más veces de las que visite el mar en los últimos diez años.

Tengo cáncer, y mi cuerpo sigue doliendo, y mis temores siguen surgiendo, pero aquí estas tú conmigo, leyendo y recordándome, que todos estamos conectados.

Tengo cáncer, pero también tengo vida. Y esa vida, mientras la viva, vida es.

Tengo cáncer, ¿y ahora qué?

Fotografía Marshiari Medina, sesión 12 de quimioterapia septiembre 2019.

Si quieres saber más de Marshiari Medina, puedes visitar su IG en @moncherry_cherry / @revistakarkinos