Cuento

Para Francia

Gualberto, a quien apodaban Wali, era un niño de ocho años que sufría de cáncer desde meses atrás. Su mamá era Tomassa, y trabajaba como personal de limpieza del hospital Antonio Lorena de Cusco. La poca economía que tenían fue un obstáculo para que Gualberto realizara sus terapias, no tenían familia cercana y solo se tenían uno al otro.

Cada día, Gualberto jugaba en los corredores del hospital. Tenía tantos amigos, desde los médicos hasta los niños que venían a visitar a sus familiares. El mundo era tan pequeño y las horas eran muy pocas, terminaba cansado y llegaba a dormir a la pequeña habitación que su mamá había rentado.

Pasando las semanas, su mamá le dio una sorpresa: ya tenía dinero para la quimioterapia y la radiografía, todo gracias al apoyo de los médicos y algunos vecinos a quienes el niño les alegraba el día:
-¡Es un ángel!
-¡Qué niño más adorable!
Todos querían al pequeño, ya que con algunas palabras hacía que cada persona triste viera lo bueno de la vida. 

La mañana siguiente, una joven llegó al hospital. Se había cortado las venas, estaba en la cama con la mano vendada y lloraba sin parar.
-¿Quiere jugar conmigo señorita?
-¡Déjame sola!

La joven estaba furiosa no entendía como es que había niños tan molestos.
-¿Te duele tu manito? ¿Quieres que llame a la enfermera?
-¡No!
-Entonces juegue conmigo, ¿no le gustaría jugar?
La joven no dijo ni una palabra y aceptó ante la insistencia del niño.
-¿Qué quieres jugar?

Entonces el niño le explicó que si ella lograba adivinar que imagen tenía la carta, él le daría un premio: “¿pero qué premio me puede dar este niño? Su ropa es anticuada no tiene cabello…” la joven pensaba para sí.
-¿Qué figura tiene?
-¡Era un trébol! Es un trébol.
Para la joven fue fácil adivinar ya que en un descuido del niño vio la imagen de la carta lo cual era muy favorable para ella, había ganado el juego.
-¡Gané!
-¿Me podrías dar un poco de tu vida?
-¿Qué?

Entonces ella por fin lo entendió, que mientras ella buscaba la manera de acabar con su vida, otros luchaban por tenerla y muchas veces no lo lograban y veían con desilusión a aquellas personas que no amaban sus propias vidas. Se quedó varios minutos reflexionando, observando al niño y lo abrazó fuertemente sin importarle el dolor de su mano.
-¡Sonría para mí!

La mujer no pudo sonreír, las lágrimas caían al piso. Él tomo la manga de su chompa y limpió sus lágrimas.
-¡Señorita, sonría para mí!
Su intento dio frutos la mujer estaba más tranquila y sonriendo.
-¡Señorita Laura!
El médico se sorprendió Laura estaba más contenta que nunca, vio a Gualberto junto a ella y pensó “se las hizo de nuevo”.

La señorita Laura estaba mejor. Había estado tres días en el hospital y su familia estaba reunida para llevarla a casa, pero ella no quiso moverse. No había visto al niño en todo el día. Esperó hasta la una de la tarde y el niño apareció: estaba en su quimioterapia. Lo abrazó fuertemente y le entregó un catálogo caro, prometiéndole que iría a visitarlo.

El catálogo tenía como portada a la torre Eiffel de París, y el nombre de Francia en letras curveadas. En la mitad del catálogo, él encontró un sobre con dinero, al ver el dinero corrió a buscar a la señorita Laura, mas no la encontró. El médico al ver lo ocurrido, le leyó la nota que llevaba el sobre: “Mi pequeño, quiero decirte que en mil años nunca creí querer tanto a una persona. No te importó mi mal humor y me diste mucho amor. Eres un niño especial, muy amado, nunca olvides que la señorita Laura te aprecia mucho”.

Pasaron muchas lunas, Gualberto no se cansaba de ver las imágenes del catálogo. Las personas que estaban en la quimioterapia miraban asombrados lo tranquilo que era, a diferencia de sus compañeros, quienes se la pasaban tristes y llorando.
-Wali… ¡Ella es María! Será una nueva compañera para todos.
-¡Doctor! ¿Por qué está muy triste? – susurró al oído del doctor Suárez.
-Tiene miedo…
-¡Ah!

La mujer, en toda la quimioterapia no paraba de llorar, lamentando lo que le ocurría pedía morir porque no aguantaba el dolor. Gualberto se le acercó y empezó a ver nuevamente el catálogo.
-¡Oiga! ¿Qué opina de esta torre?
-¡Déjame tranquila niño! ¡Lárgate! -gritó la mujer, pero aún así el niño no se movió.
-¡Para Francia! -decía Gualberto mientras jugaba con un avión de papel que había hecho con una hoja del catálogo.

La mujer no entendió todo lo que decía mientras era observado por un joven que parecía despreocupado, había dejado de escribir mensajes en su celular para observar el espectáculo que estaba dando el niño.
-¿Quién es el?
-Wali, es un niño que llegó hace una semana es muy alegre -dijo el doctor Suárez.
-¿Si tuviera un genio, qué deseo pediría? – Gualberto intentaba alegrarla haciendo preguntas.
-¡Quiero vivir! ¡Quiero que mis hijos sean felices! ¡No quiero sentir más dolor! –caían grandes lágrimas de sus ojos.
El niño la miraba confundido, y le dijo: -Entonces cumpla sus deseos.
-¿Cómo?

Wali le explicó “todos somos genios de nuestros propios deseos, si quiere algo hágalo, esta viva, sus hijos lloran, y usted está aumentando su dolor, viva cada segundo y cada minuto y sus hijos serán felices y podrá matar al dolor con su voluntad.
-¡Sonría para mí, señora!
El doctor al ver lo sucedido pensó:-¡Está haciendo de las suyas, otra vez! 

La mujer sonrió fuerte y pidió a todos sonreír. Todos sonrieron y empezaron a bailar en una ronda. Algunos pacientes miraban divertidos. En un abrir y cerrar de ojos todos bailaban, cantaban y reían.

Pasaron los días, y a fin de mes llegó un hombre adinerado al hospital. Estaba vestido elegantemente, venía de un auto lujoso y la mujer que lo acompañaba tenía cara amargada. El niño que iba detrás de ellos estaba callado, y cuando el médico Suárez intentó acercarse el niño Ignacio corrió detrás de su niñera, y tomándola de la mano la le pidió que regresarán al auto y se encerró allí.

Gualberto, quien jugaba con las aves que se posaban en un árbol, tomó su avión de papel y empezó a asimilar que su avión volaba. Hacía zumbidos cerca del lujoso auto. Ignacio, se percató de los ruidos y salió del auto: miraba fijamente a Gualberto sin decir nada durante segundos.
-¿Quieres jugar conmigo? -ven será divertido.
-¿Yo?
-¡Ven! – Wali, tomó su mano y empezó a correr.

Después de jugar un rato, se sentaron bajo la sombra de un árbol, y empezaron a hojear un catálogo. Estando juntos empezaron a ver las imágenes, más Ignacio no se alegraba al verlas. Le parecían aburridas. Al poco de un rato, Juana, su niñera llegó a buscarlo, y  antes de llevarlo de regreso con sus padres, le entregó tres fresas y ambos se fueron. Al día siguiente volvieron, Ignacio observaba que Wali y otros niños jugaban con aviones de papel.
-¡Para Francia! ¡Para Francia! -exclamaban los niños.

Ignacio se acercó a Wali y le propuso que le enseñará a hacer aviones de papel a cambio de que él le diera una polera que llevaba un bordado de la torre de Eiffel. Mientras, Elena, su madre, observaba lo sucedido: por primera vez su hijo socializaba con otros niños,. Desde que había sido diagnosticado con cáncer, Ignacio había olvidado ser feliz y se fue encerrando en su habitación.

Elena, conoció a Tomassa y le propuso que ella pagaría toda las quimioterapias de su hijo, a cambio de que su hijo volviera a sonreír nuevamente. Pasaron los días, Ignacio conoció otros niños, todos le platicaban de su vida y en poco tiempo tuvo muchos amigos. Ignacio quería ser un gran pintor, pero su padre, Francisco Garay, quería que fuera un contador para tomar riendas de su empresa y a causa de su enfermedad,  él se había alejado y no volvió a jugar con su hijo: en otras palabras, se había olvidado que tenía un hijo. Francisco se dedicaba a los negocios, así que viajaban seguido por el mundo. Don Francisco trabajó mucho para poder viajar al Perú y conocer Machu Picchu, sin embargo, a pesar del viaje, no podían interrumpir el tratamiento de Ignacio.

Ignacio y Guadalberto jugaban con el trompo, ya cansados tomaron sus aviones de papel y corrieron por todo los pasillos del hospital.
-¡Para Francia!, ¡Para Francia! -Elena volteó y vio sonreír a su hijo.
-¡Mamá!

El alma de Elena se alegro inmensamente, en un segundo su sueño se había cumplido: su hijo sonreía de nuevo. Su hijo empezaba a pintar el hospital Antonio Lorena y las calles del Cusco, con sus árboles, autos multicolores, todo según a su imaginación, fue un niño nuevo, su alegría borró las tristezas de morir y el cáncer era un cuento para él.

Pasó un mes completo, Ignacio y su familia debían volver a Francia. Wali se entristeció demasiado. Las madres de los niños planearon una despedida en el aeropuerto. Cuando los niños estaban en las puertas de despegue, ambos se abrazaron. Ignacio quiso entregarle su gorra como agradecimiento pero Wali se negó y le pidió de que cuando llegara a Francia pintara un cuadro y no lo olvidará jamás. Ignacio y su madre subieron al avión mientras Don Francisco recién estaba entregando sus maletas. Mientras el señor estaba distraído, Wali abrió su maleta y puso el avión de papel en donde se podía ver la imagen de la torre de Eiffel. Minutos después, Gualberto vio despegar al avión, abrazó fuertemente a su mamá quien acarició la cara del niño.

Ignacio y su familia llegaron a Francia. Ignacio corrió directo a su habitación, su padre estaba molesto ya que el niño no había dejado de hablar de Wali en todo el viaje, Elena furiosa gritó.
-¡Quiero el divorcio! Seré una madre para mi hijo, lo haré feliz lejos de ti…

El hombre parecía no poner importancia a las palabras de su esposa, estaba de muy mal humor. De pronto, escuchó ladrar a su perro. Se asomó a la ventana y vio que el perro perseguía alegre al niño quien no paraba de reír. El cachorro movía la cola, y lamía la cara del niño con su lengua carrasposa. Impresionado, vio que su hijo era feliz, y mientras buscaba su laptop en su maleta entre sus pertenencias, encontró un avión hecho con una hoja del catálogo que tenía una nota en letras pequeñas:

“Papi, no quise que te amargaras conmigo. El día que me detectaron cáncer, dejaste de jugar conmigo. Te esperaba toda la tarde, jugaba solo, y esperaba tu compañía. Por las mañanas, intentaba levantarme temprano, pero  no te encontraba, te habías ido al trabajo, te llamaba en tus horas de almuerzo pero tú teléfono estaba apagado. Te escribí una carta por tus cumpleaños pero no la leíste. Te fuiste con tus amigos a festejar, y cuando regresaste a casa, te ví cansado, corrí a tu habitación con un vaso de agua pero no me dejaste entrar, te grité, pero me regañaste y me golpeaste. Ese día dejé de esperarte y llamar tu atención. Me oculté para no molestarte más. Tienes tiempo para el jardinero, el chófer y para tus negocios, cada que te llama Mauro tu amigo sales dejando la cena. Y cuando yo te llamaba para que revisaras mi tarea, mandabas a mi mamá, cuándo era a ti a quien esperaba. Preferiste a los socios de la empresa. Entonces, papi: ¿Cuánto debo pagar por un minuto de atención? Revisa mi tarea, juguemos juntos, prometo pagarlo cuando tenga dinero propio.”

El hombre leyó sin problemas las diminutas letras y empezó a llorar, su impresión era profunda. Dejó caer la hoja arrugada, corrió a abrazar a su hijo a quién lo encontró dibujando a su amigo. Junto a las témperas estaba el avión del papel de catálogo con la misma nota y eso fue motivo para llorar más en frente del niño quién al verlo sonreía. Su padre por primera vez vio pintar a su hijo: en un abrir y cerrar de ojos mil amores estaban en su pecho. Sentía que el corazón latía dos mil veces por segundo, su llanto era inmenso, lloraba como un bebé observando a su hijo quien feliz de la vida le dijo:
-¡Papi! ¿Te gusta?-.


 

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