Cuento

Pábilos de luz

La vida se compone de pérdidas y ganancias, dualidades que hacen posible reconocer lo que poseemos y el verdadero valor de las cosas. Hace 11 años perdí a mi nieta, después de enfrentar una dura batalla contra el cáncer; su partida me dejó devastada, porque desde el momento que fue diagnosticada, su pequeño cuerpo de sólo 8 años de edad, luchó por 24 meses ante los embates de la quimioterapia y radiaciones; cada día de su enfermedad, se fueron desprendiendo fragmentos de mi alma, ante el miedo y culpa de ser partícipe de su agonía. Mi hija y yo, nos encargábamos de llevarla al hospital en contra de su voluntad, de sostenerle a la fuerza cuando se negaba a recibir medicamento o al ser canalizada, buscando sanación, nos convertimos en parte de su tortura.

Cuando llegó el momento de verla desprenderse de su humanidad; agradecí al cielo por liberarla de ese sufrimiento atroz y me cobijé en las letras para escribir su historia, saqué fortaleza interna para convertirme en andamio seguro, que ayudara a mi hija a sobrellevar su duelo.

Enero de 1917, parte mi madre con el creador, una anciana con más de nueve décadas, que siempre fue el pilar de nuestra célula familiar; sin más enfermedad que la vejez, su hálito de vida se fue desprendiendo; yo, como espectadora, observando con el corazón desgarrado sus intentos desesperados por aferrarse a seguir en el mundo; el dolor de soltar esa mano que se aprisionó a la mía, buscando un sostén para asirse; pero también la gracia concedida de tener el honor y privilegio de gozarla y cuidarla hasta el último soplo de vida.

Con más de medio siglo en mi haber, el organismo va cambiando; las tormentas álgidas hacen que se tambaleen las raíces del más fuerte roble; ser proveedora de cinco vidas, de brazos que abarcan el cuidado y protección familiar, al querer allanar los caminos limpiándolos de sinsabores, incurrí en descuidos en la alimentación y ejercitación del cuerpo, sumados además a la carga genética, fueron detonantes medulares para que el páncreas dejara de funcionar y con ello, cambiar la función metabólica, estilo y calidad de vida en general.

Reconozco que enfermedad y muerte nos hacen más conscientes de la fugacidad de nuestra existencia, son parteaguas de replanteamiento y toma de senderos decisivos; mueven esquemas y generan nuevas visiones introspectivas hacia sí mismo y hacia los demás.

He enfrentado despedidas y me he congratulado con nacimientos y bienvenidas de nuevas personas a mi entorno; he disfrutado, llorado, experimentado angustias, y todos los sentimientos por los que atraviesa el ser humano. Cuando estas emociones entran en erupción y explotan cual lava ardiente que arrasa todo a su paso, me he permitido entrar en un compás de espera y cavilación, encontrando en el silencio y en las letras, un nicho donde verter confidencias, derramar lágrimas que destilan hiel, para luego convertirse en emociones sanadoras, propiciadoras de paz, que van despejando las nieblas que obscurecen la visión; mueven las nubes borrascosas, permitiendo que gotas de lluvia cristalina lleguen hasta el alma marchita por la sed de esperanza; los rayos solares vuelvan a brillar, arropando en su calor a todos los confines del interior, propiciando que los soldados de batalla se preparen para defender al cuerpo de cualquier invasor; llámese depresión, tristeza, soledad, aislamiento, incertidumbre; brindando en cambio: fe, ilusión, color; envuelto en un regalo suntuoso que nos brinda el universo.

Hoy, no estoy sola enfrentando a esos demonios de la desesperanza; el mundo está en simultaneidad conmigo. Un enemigo invisible está atacando a todos los continentes sin piedad; entra a los organismos de diversas maneras, primeramente, separándonos de las personas que amamos; despojándonos de la confianza ante todo y ante todos, por el miedo a esa imperceptibilidad latente que pudiese convertirlo en portador del enemigo. Nos alejó de las formas convencionales de socialización; trayendo consigo la inseguridad ante el desabasto de equipamiento y personal de salud; mostrando el desconcierto de científicos y la imposibilidad de frenar de tajo, su camino destructivo y arrasador.

Me permití plantear las autorreferencias, porque escribir también es un proceso autorregulatorio que debo recorrer para procesar y entender la pandemia que está aconteciendo a nivel global, partir de mi persona, de la fuerza interna que he de alimentar y desarrollar, para salir mejor liberada de este embate biológico, cuyas vestiduras son sinónimo de enfermedad, dolor, pobreza y muerte.

La construcción de muros en mis ínsulas autocompasivas es urgente; no es permitido el derrumbarme; las medidas precautorias externas las puedo realizar con el apoyo invaluable de mi compañero de vida; con el soporte emocional de mis hijos y hermanos; con la ilusión de poder ver crecer a ,mis nietos y regocijarme de sus logros; pero las barreras resilientes internas, he de construirlas como se hacen las grandes obras arquitectónicas que perduran a través del tiempo: con reflexión en el plano, conocimiento del terreno, costos, tiempos; cimientos de información de fuentes fidedignas, castillos rellenos de esperanzas, cemento de primera clase para acrecentar mi fe; reflexión en los cerramientos para sostener el peso, y finalmente, colocar una loza sólida, que proteja de las inclemencias del tiempo.

Es necesario aprender a aferrarme como lo hace el náufrago ante una tabla que representa su salvación.

Hoy más que nunca comprendí, los hilos que nos unen a la humanidad, la interdependencia que tenemos unos con otros, que se convirtió en amenaza y fragilidad ante un virus tan inmensamente destructivo. Los alimentos que están en el supermercado y que son necesarios para sobrevivir, han sido tocados por miles de personas antes que yo, el suelo donde camino, el timbre de la puerta, la persona que visité en el hospital cuando no se había exteriorizado la urgencia mundial del aislamiento, la mano que estreché, el saludo de beso que intercambié, los encuentros cercanos con todas esas personas que convivimos en la cotidianidad; todos y cada uno de esos esquemas, parecen erguirse cual monstruos amenazantes en las pesadillas de los noticieros al reportar las cifras estadísticas en aumento de contagios y decesos.

El miedo y angustia tienden a exaltar la adrenalina. Durante el día, encierro en celdas mis pensamientos obsesivos y catastróficos, sin embargo, apenas llegan las sombras de la noche, escapan sigilosamente uno a uno y oprimen mi pecho sin cesar; cierro los ojos, pero las imágenes dantescas de médicos y enfermeras luchando por salvar vidas, las ambulancias, máscaras y guantes de protección, el duelo, desconcierto, los cuerpos encerrados en bolsa, impiden conciliar un sueño tranquilo y reparador. Entonces, vuelvo a levantarme, me pincho el dedo para checar mi azúcar, como apresuradamente un chocolate o fruta para levantarla, me preparo un té, enciendo mi computadora, (fiel amiga que ha dado paz y sosiego a mi alma atormentada en horas de angustia), coloco los audífonos y me concentró en la oración, en el sonido de las notas instrumentales, en la observación de la naturaleza y todas sus bellezas, después de un tiempo de catarsis, vuelvo a la cama; inhalo, exhalo y finalmente llega Morfeo con el ritmo acompasado de la respiración.

La vida me ha presentado disyuntivas donde hago uso del libre albedrío teniendo la posibilidad de elegir el camino a seguir; soy maestra jubilada y estar en constante preparación y actualización, fue el estandarte que me permitió escalar algunos peldaños de éxitos, tanto personales como profesionales; los cuales sirvieron de andamiaje para valorar la experiencia de conocer varios contextos educativos, incidir en la formación de muchas generaciones y dejar esparcida la semilla del conocimiento; soy gregaria y social por naturaleza, por lo que busqué un espacio, desde el cual podría ayudar a la comunidad, entré a las filas de la Benemérita y Centenaria Sociedad Mutualista Miguel Hidalgo; uno de sus miembros con más antigüedad dentro del grupo, nació en 1934 y aún conserva esa lucidez de pensamiento y una historia por demás interesante. De tal forma, que, al poco tiempo de estar en confinamiento, decidí que debía escribir su historia. Cada día tenemos una larga conversación telefónica, la cual queda grabada, y posteriormente voy asentando sus aportaciones enlazando datos históricos del contexto que se va abordando.

Me siento altamente satisfecha, porque he dado un sentido a la soledad de él y su esposa; quienes hurgan cada día buscando en el baúl de sus historias, para tener listos los datos y referencias que posteriormente compartirán conmigo. Más de una vez me ha manifestado su agradecimiento, a lo cual respondo con sinceridad, que ha sido una ayuda mutua, que nos permite conocernos, y ocupar nuestra mente y tiempo.

En ese buscar continuo, encuentro un libro que rescata la historia del mutualismo de Parral dese 1907-1987, escrito por uno de sus agremiados Manuel González Ávila; ahí describe la función de la sociedad mutualista en 1918, cuando la peste o gripa española llegó a la comunidad; los cientos de vida que arrebató y las precarias condiciones económicas que prevalecían en ese momento, ya que el país se encontraba levantado en armas, una sociedad devastada que unió manos y fuerzas para apoyar a quien más lo necesitaba.

Investigando en retrospectiva y enlazando líneas del tiempo que proveen los noticieros, se encuentra la peste bubónica que aconteció en el siglo XIV, una de las más devastadoras en la historia de la humanidad, y que solo al terminar esta pandemia actual, los estadistas podrán brindar información comparativa en cuanto a pérdidas humanas.

Hago referencia a estos dos momentos, porque con todos los avances científicos y tecnológicos que actualmente gozamos, jamás pasó por mi mente ser testigo de una tragedia de esta magnitud.

Escribo estas líneas, porque sin ser historiador, estoy formando parte de la historia, transitando por este caos de miedos e incertidumbre; mi principal preocupación es la sobrevivencia, no solo personal, sino de mi familia, comunidad, del mundo entero; estoy consciente de las repercusiones económicas que se avecinan, pero también del poder y fuerza restauradora del hombre para salir adelante.

Entre las enseñanzas recibidas en el transitar por esta dura lección; visualizo, el cómo dejamos a un lado hábitos y costumbres que regían nuestros días; la modernidad nos ha impuesto normas y agendas saturadas, causantes de prisas y poco espacio para la introspección. En su lugar, han resurgido otros momentos que valoro en su justa dimensión. Primeramente, la conexión con mi esposo, con el cual comparto literalmente 24 horas del día; sin patrones establecidos, formamos nuestros propios horarios que otorgan un sentido de responsabilidad. Preparamos juntos nuestros alimentos, damos gracias a Dios por el pan recibido, limpiamos la casa, atendemos nuestro jardín y mascotas, disfrutamos de una buena película, comentamos algún libro, bailamos, reímos, cantamos, nos ejercitamos; vemos los noticieros para estar informados; hablamos diariamente con hijos y familiares, aprovechando las bondades de la tecnología, usamos las video llamada para estar presentes en su vida y tratamos de compartir el pan y la sal cuando llega a nuestros oídos una solicitud de ayuda emergente, buscando apoyar en la medida de nuestras posibilidades.

Como hace 38 años, estamos el uno para el otro. Él, cual fiel guardián del amor; usa su cubre bocas y guantes para salir a comprar los víveres y medicamentos necesarios; cambia sus zapatos de calle, lava sus manos y tiende una red protectora a mi alrededor.

Sin embargo, hay momentos en que los demonios del miedo vuelven al ataque, entonces, escudriño en mi interior, permitiendo que las olas de quietud y gratitud bañen mis pensamientos y corazón; me uno en oración por todos los científicos del mundo que están trabajando por un objetivo en común; por todos los trabajadores de la salud; por quienes no tienen la comodidad y seguridad de quedarse en su casa, por los que están atravesando por el duelo de perder a sus seres queridos, los que luchan en un hospital por salir adelante; vuelvo a invocar la quietud a mi alma, me permito alejar las sombras de la oscuridad; sé que solamente están agazapadas en algún rincón, esperando el momento propicio de irrumpir de súbito; basta escuchar el sonido de sirenas, encender los medios de comunicación, ver el rostro compungido de reporteros; por lo que al instante, trato de ocupar mi mente; desde antes que salga el sol, me inmiscuyo en quehaceres literarios; estoy inscrita en dos cursos en línea, he descargado una infinidad de libros que nunca tuve tiempo de leer; participo en varias revistas digitales; y sobre todo, cuido con esmero mi alimentación, llevando un riguroso control de azucares y carbohidratos para mejorar los índices glucémicos.

No puedo ser indiferente al sufrimiento, pero la única realidad en la que puedo incidir ahora, es en mis pensamientos, en el recubrimiento interior y en regocijarme de este regalo precioso e invaluable que es la vida.

Tal vez te gustaría..