…Por allí pasé…

Cuando uno hace todo lo que puede, Dios hace todo lo que falta. Daniel ha escuchado esto muchas veces y quiere creerlo. Cada mañana desde su Roque Pérez natal, llega a la clínica donde recibe uno de los dos tratamientos que su dolencia requiere. Está delgado, casi sin voz, pero se muestra terco, y arremete aunque el cuerpo no de más. No quiere perder ni una sóla sesión y se pone mal si por su estado se las suspenden. Una mañana, les cuenta a sus compañeros, en la sala de espera, que el día anterior había estado internado en su pueblo, y el médico no lo autorizaba a viajar. Sin embargo, se vistió, salió del hospital, y se vino solo manejando.

Lidiar con enfermedades requiere paciencia, trabajo, tolerancia, tiempo. Fortaleza física, espiritual y abrazo emocional. Se debe poner el cuerpo, y apelar al extraño cóctel que surge solo, de docilidad y rebeldía. Pareciera ser la fórmula para caminar hacia donde sólo puede caminarse: adelante.

En la sala de espera, hombres y mujeres, provenientes de diversidades provincias, de todo rango, están sentados: unos más callados, otros menos, unos más serios, otros con sonrisa. Todos se aúnan casi en amistad. Todos están en la misma senda, y no les queda más que confiar. Al menos, tienen el inmenso sol de la esperanza: hay tratamiento que no es poco. Con cabeza en alto o cabizbajos, conjugan esperancear para sanar.

Una señora teje. Va y viene la aguja de crochet en circular forma de carpeta de mesa. Otras personas leen, charlan, cuentan al de al lado minuciosamente los pasos de su enfermedad; alguno que otro escucha con atención y otros tratan de evadir lo que no les gusta oír. Toman café que el señor de seguridad les ha preparado en un termo. Hay que hacer algo con el tiempo de la espera.

Cabezas calvas, estridentes pañuelos, cabelleras que se tornan injustas ante quien no las posee. Inseguridades, alegría en el alta, subyaciendo más o menos visible el temor teñido de confianza.

Algunos en compañía familiar, otros solos, pero todos exactamente iguales; en las diferencias: de sexo, de edad, de patología y de estadíos. Es  apenas un ratito, y cada día una sesión menos, lo cual los alienta. 

Se ha creado un grupo integrado, en el que muestran fotos de las familias, charlas un poco más íntimas. La mayoría va conociendo el apellido de todos, y el orden horario.

Tere ha traído una tarta de coco que algunos que tienen permitido y degustan. Se intercambian los teléfonos y han prometido llamarse. Es tiempo de Navidad, y el olor de jazmines que Ana trae para las secretarias, inunda la recepción y les llega, envolvente.

Siempre ha pensado que una atención es pensar en el otro. Y a las mujeres les gustan los aromas de flores y de jabones perfumados. Ellas son quienes los reciben a diario y con modales excelentes. También será éste el olor que quede de un tiempo en su interior.

Cierto día al llegar, ven una disposición diferente en los sillones de la sala de espera. Y como si fuera propiedad de ellos, consideran que deben volver al lugar anterior, que les permite el intercambio. Las autoridades acceden y al día siguiente, se encuentran otra vez enfrentados y a la par. Han ganado una manera de decir que tienen fuerzas, y las tienen, en ese ámbito las tienen.

A Don Segundo lo acompaña el hijo, camina pasitos cortos para  estar a la par, y lo sostiene del brazo. Entra con él a los boxes, y lo aguarda con paciencia. También allí se respira la ternura si se está propenso a verla.

¿Qué hay en común entre todos ellos? Un acelerador lineal que los espera, unas batas azules que los igualan, los días que se van contando para finalizar, el cuerpo que duele, familias por detrás que sufren quizás impotencia, médicos que acompañan con vocación y muchas horas de estudio para cada uno. La positividad de curar. La posibilidad de que la mayoría sí se cure. Si alguien flaquea, ahí nomás tiene el consejo de un par que apuntala. Si alguien se ve peor, se trata de que la mirada no incomode. Y el corazón late más fuerte queriendo salir del plexo solar. El miedo que espanta y la solidaridad que junta.

Sara es amiga de Daniel. Vienen del mismo lugar. Tiene la fe evangélica y la sonrisa que le brilla, ilumina un rostro que no enmarca cabello alguno. Su esposo le lleva la cartera; si no fuera por la situación sería muy cómico. Pero es de cuidado.

A Graciela, vestida de verde esmeralda, la espera un taxi, está a algunos kilómetros; y a Mónica un esposo diligente. Son jóvenes.

Hay un doctor muy serio, pero extremadamente cordial en el trato. La doctora María Rosa es bonita y dulce. Se la ve observando y conteniendo, estudiando cada caso  y pendiente de las imágenes y el estado de cada uno.  Sus pacientes de algún modo le han servido de consuelo a su regreso, luego del fallecimiento de la madre. La vida sigue y hay que servir.

A Daniel le ha regalado una estampita de la Virgen del Carmen.

En la despedida de varios, causalmente juntos, con grato sentir del ánimo en la  portación del alta esperada, la frase aún cargada de camaradería y ternura, tiene valor de ruego, sin que entonces lo sepan: “Que no nos veamos nunca más acá”. Y todos ríen por la ocurrencia. Dios está cerca y la ha escuchado.