Te dicen: tienes cáncer de mama, etapa tres con metástasis. Sigue con tu vida normal. Y tú te preguntas: ¿cómo sigo con mi vida normal?

Primero estudios que son una tortura. Qué manera tan cruel de tratar a las chichis. La mamografía que te las aplasta con las frecuentes disculpas de la técnica. La biopsia, un filoso arpón que entra a tu seno izquierdo cuatro veces, acompañado de una dulce doctora que te advierte la odiarás porque te lastimará. Más disculpas. Y piensas: mi vida tiene que seguir igual.

Más malas noticias. Crece rápido, es agresivo. Pongamos un catéter, que es igual a poner un marcapasos. Más dolor. Más disculpas. Sigue con tu vida normal.

Y lo intentas. Porque quieres trabajar, quieres hacer ejercicio. Jugar con tu hijo. Pero tienes miedo. Mucho miedo.

Estás acostumbrada a hacer todo. Ahora te cuesta bañarte sola, a veces te ayudan a vestirte. No trabajas ni haces ejercicio. No puedes prepararle de comer a tu hijo. ¿Dónde está la vida normal?

La primera quimioterapia, urge. Empecemos ya. Mucho dolor estomacal, náusea. Casi no comes, no bebes. Estás en una cama esperando que tu vida sea normal. Tu hijo se asoma a verte. Se acuesta contigo. Ven televisión. Sigamos.

Lo maravilloso es el amor, cuánto amor recibes. Tus amigos y familia que te ayudan, agradeces conmovida todo lo que te dan. Las amigas se organizan. Todos al pie del cañón. Las llamadas preguntando ¿qué puedo hacer? Ves sus caras, sabes que están muy asustados. Que quisieran llorar pero se aguantan. Te dan ánimos. Te acompañan en esta lucha. Quieren que vivas. Y tú también lo quieres. Más que nada en este mundo. Porque el cáncer no es nada, te la pela. Porque pronto te levantarás y tu vida no será normal, será mejor, extraordinaria. Ya lo es. Sabes que eres capaz de ganar. Además hay tanto amor que te respalda, con eso.

Planeas mil cosas para estos meses. Te tomas unas fotos desnuda, antes de perder tu chichi izquierda. Te cortas tu cabello acompañada de gente querida. Que se vaya todo, bienvenido lo bueno. Quieres hacer fiestas, reír y celebrar. Aunque a veces te gana el llanto porque no llevarás a tu hijo a la escuela. Todos te dicen que es temporal y tratas de no desesperar. Pero está cabrón, muy cabrón que te digan: tienes un tumor maligno. Es algo difícil de asimilar. Y no es que te rindas. Eso jamás.

Alguien muy sabio le dice a tu hijo: “sabes cómo tu madre pelea contra las injusticias, no se deja, protesta y exige, así peleará contra el cáncer”.  Y te acuerdas de cómo eres. Es verdad y tu hijo lo entiende porque te ha visto en acción. De ahí sacas más fuerzas, a huevo, con lo quejumbrosa y terca que eres, ya ganaste.

Lo único que quieres es decirle a la gente que viva, que disfrute. Si no son felices, cambien. Dejen a sus parejas, o júntense con quien aman de verdad. No lloren porque engordan. No se quejen. Cambien.

Hace tres semanas, cuando la vida normal cambió, alguien te dijo: la vida se trata sólo de ser felices.

Es cierto. No se queden en una vida normal. No pierdan el tiempo.

Vivan, antes de que la vida los asuste y enseñe qué es lo importante.