Cuento

La mujer de la playa

Contemplar el amanecer sentado sobre la arena de aquella maravillosa cala, era lo más parecido al edén que podía imaginar; sentía que estaba próximo a mi ideal de belleza absoluta, pero solo en un instante me di cuenta que quizás estaba equivocado.

Muy cerca del lugar donde me encontraba, una mujer llegó quedamente; bella, madura, sensual. Al poco de llegar se estaba despojando de su bikini para tomar un baño. Curvas turgentes, la hermosura de sus nalgas, tan prietas, tan firmes, la magnificencia de su garbo, unas interminables piernas de una perfección exquisita. Todo ello me estaba haciéndome sentir algo que me pareció una sensual excitación.

Un pañuelo envolvía su cabeza, proporcionándole un aire altivo y majestuoso. Con pasos ligeros, como sobrevolando la arena, llegó a la orilla para sumergirse entre las olas, balanceando la esbeltez de su figura.

Durante unos minutos nadó en aquel sosegado mar que había recibido una diosa entre sus mimosas aguas.

Al cabo de un tiempo, que me pareció eterno de tanto que ansiaba volver a contemplarla, salió de entre las azules aguas, arrullados sus pies por los ribetes de espuma que el mar dibujaba sobre la arena.

Tal parecía una hija del dios del mar, mientras se acercaba con serena elegancia, a recoger sus pertenencias. No podía dejar de mirarla con mis ojos enrojecidos, sentía la placentera sensación que me producían sus formas, su sexo humedecido perlado en gotas de mar, su cimbreante cintura…, y fue entonces, cuando me percaté que solo tenía un pecho. Aunque ese detalle, en nada mermaba su insinuante figura, ni disminuía su belleza de Afrodita.

Con una distinción que solo las mujeres seguras de sí mismo tienen, se quitó el pañuelo y contemplé con admiración su cabeza, huera de pelo, que realzaba su sensualidad, el verde mar de sus ojos, grandes como esmeraldas y la arrebatadora sinuosidad de unos labios como olas antes de acariciar la orilla.

Mirar tanta hermosura me turbaba, pero no me producía pudor, porque estaba contemplando la belleza más pura que nunca antes había imaginado podía existir. La mujer, dándose cuenta de la luz que brillaba en mis ojos, se acercó hasta mi lado y me dijo:

Gracias, amigo─. Aturdido, a la vez que cohibido por tanta proximidad, balbuceante, como adolescente al que no le surgen las palabras, conseguí preguntarle:

¿Gracias… porqué?

Por mirarme como lo estás haciendo, me has hecho sentir mujer.

Haciendo una suave genuflexión, me dejó un beso en los labios y sonrió; después se acercó a recoger sus bártulos para abandonar la playa.

Sin aliento, atontado como un adolescente, y sin dejar de sentir en todo mi ser la encantadora turbación que me transmitió su delicado beso, la miré mientras se alejaba, con la misma altivez, con la misma elegancia y con el mismo contoneo de sus caderas que antes me cautivó.

No pude apartar la mirada de su silueta, me lo impedía un extraño magnetismo, hasta que se perdió entre los árboles que daban abrigo a esa increíble cala.

Si el erotismo era una emoción, aquella fue la más sensual y placentera que había experimentado en toda mí vida.




 

 

Francisco Barata / España

Tengo 68 años y nunca antes hice literatura. Pero en el 2014 me da por escribir. Me gusta, lo descubrí tarde, pero ahora me apasiona. Desde Mayo de 2014 a la fecha de hoy he conseguido más de 650 reconocimientos de todo tipo, nacionales e internacionales; publicando en revistas literarias digitales en español de muchos países tanto de Europa como de América.

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