Vendrá enero y con esto las baldosas más resbaladizas por las que caminaré. Algunos ya han notado mi ansiedad y solo siento el desequilibrio de la TSH, ¡cómo flota incierta en mi hipófisis! Me imagino: las paredes del pasillo frías y sórdidas, con marcas de aburridos transeúntes; el eco de la sala principal llegando a mi mente sobrepoblada y al hiperactivo corazón; ese olor a desinfectante, a narcótico, a espíritu opaco. Entre las baldosas encontraré piedrecillas que se habrán desprendido de suelas apresuradas, y en la mesa esperándome el banquete que jamás probé en casa.

Vendrá enero y la luna cumplirá su cometido de mantenerme regular en cada fase. De seguro incrementará la levotiroxina y el raquiferol D3 e ignoraré cuán libres deambulan mis estrógenos. Percibo mi desesperación y mi hipotermia para ese entonces; en la memoria encontraré los rostros que quise olvidar y me moveré sin rumbo y motivo por la habitación. Hallaré manojos de cabello quebradizo en cada mueble de la casa y escamas de piel deshidratada en toda la ropa. Entenderé ―temblorosa, desatenta e incontrolable―al fin, las manos que se abrirán y me dolerán los dedos que se desmembrarán, ¡y vaya que son muchos los que he conocido!

A veces enero me entusiasma con solo cerrar los ojos; me imagino disfrutando de una noche o de una cita… luego recuerdo ese silencio metastásico. A veces quiero sentarme frente a enero y servirle un té, aunque deba enfrentármelo desde el espejo, sobre la báscula, con las ampollas, píldoras diarias y agujas finas. Deseo preguntarle a enero en qué momento y desde qué puerta ingresó, y anhelo sacarlo a rastras ―aunque sienta asfixia al lanzarle improperios y mis uñas se quiebren por la fricción―.

Vendrá enero y los frutos estarán más dulces que los de este año y la rutina humana seguirá igual ―¿o habrá mejorado? ―. No hay que temer, en casa me esperará el lecho con mi olor, para meterme cual animalillo despojado de algún buen regazo, mientras brillo más que nunca, irradiando halógeno violeta de calma y silencio.