Cuento

Cartas cruzadas

1.
Mi madre tuvo una infancia muy difícil. Su padre Ezequiel casó en primeras nupcias con Carmen, mujer guapa y de gran porte con la que tuvo cuatro hijos: Alma, los gemelos Efrén y Raúl y el pequeño Abel. La mamá de mis tíos murió cuando ellos tenían seis, cinco y cuatro años, unos pequeños todavía. Entonces mi abuelo se fue un tiempo a su Chihuahua natal y a los meses regreso a la Ciudad con Alma, su nueva esposa, a la que no le había comunicado que cuatro infantes la esperaban llenos de necesidades. Cuando ella vino a la ciudad de México, sin luna de miel ni período de aclimatación tuvo que llegar a criar a cuatro pequeños huérfanos. Mi abuelo era ayudante del catastro del Departamento del Distrito Federal, sin mucha formación escolar, pero con las habilidades y la decisión para salir adelante con su familia, en ese México de los 1930s. Cuando mis tíos ya estaban un poco más grandes, mi abuela decidió tener sus propios hijos y así encargo a Florentina la mayor y a Abigail, mi madre. No debe haber sido fácil para mi abuela criar cuatro pequeños y entonces empezar una familia de nuevo, pero lo hizo.

Cuando ellas dos estaban apenas en la primaria, mi abuela cayó enferma, así de la noche a la mañana se le manifestaron dolores terribles en el abdomen, cansancios, y unos sudores nocturnos que la tenían postrada en cama. Tiempo después se supo que estaba condenada, pues tenía cáncer en el estómago y para esos años no había muchas esperanzas de vida, ni tratamientos eficientes. Solo paliativos como las inyecciones de morfina que noche a noche le venía a aplicar una vecina a casa. Fue un suplicio, pero por lo menos no duró mucho, pues a los meses murió. Mi madre me contó que unos días antes del deceso, mi abuela Alma despertó de muy buen semblante, animosa y con fuerzas y dijo: tengo antojo de puchero de res y con un poco de ayuda se levantó, cocino y compartió el guiso con todos. Parecía increíble su recuperación y todos estaban felices. Poco tiempo después se fue esa alegría, esa energía vital y se sumió de nuevo en el dolor y la desesperanza. Murió una tarde, acompañada de mi abuelo y de sus hijos.

Mi madre quedó huérfana a los ocho años cuando apenas cursaba la primaria. Así que mi tía Alma fue como su segunda madre, por la diferencia de edad, le tocó a ella sacar a mi mamá y a la tía Florentina adelante. Mi madre y mi tía crecieron yendo y viniendo de la casa paterna a la casa de mi tía Alma, quien las recibía cada vez que mi abuelo se casaba y ellas no cabían más en esa casa. Pobre de mi abuelo Ezequiel, tuvo mala suerte, además de una gran necesidad de estar acompañado. Siete esposas en total: tres que murieron, tres de las que se divorció y una que le sobrevivió: la última boda fue con Amalia, a sus 72 años.

Mi tía Florentina y mi madre estudiaron para secretarias, animadas por mi abuelo, con la promesa de que las colocaría en el Departamento del Distrito Federal, cosa que cumplió con Florentina la mayor, pero cuando mi madre salió de la carrera comercial, ya no hubo esa oportunidad y ella debió conseguirse un empleo en el Banco de Londres y México, en el primer cuadro de la Ciudad.

2.
Mi tía Florentina, guapa y de gran capacidad para relacionarse con la gente casó pronto y tuvo tres hijas, pero mi madre no era tan sociable y se dedicó al trabajo, por lo que tardó muchos años en encontrar un buen hombre para poder casarse. Sólo sé que en el Banco conoció a mi papá y empezaron a salir. A los meses lo llevó a casa a conocer a mi abuelo y pactaron la boda para finales de octubre de ese año de 1956. Mi mamá no me hablaba mucho de esa época y solo repite que mi padre era un buen hombre, pero no contaba mucho de él. Solo supe que yo nací al año y medio de que se casaron y que cuando yo era muy pequeña, el nos dejó. No sé porque, ni cuándo. Solo sé que mi mamá tuvo que trabajar mucho para sacarme adelante a mí. Siempre me pregunté si en realidad ellos se casaron, si él era un buen hombre y hasta pensé que ella quedó embarazada y cuando mi padre lo supo desapareció. No hay fotos de mi padre con ella, ni conmigo. Siempre aparezco de pequeña en brazos de mi madre, con mis tíos y primos en diferentes lugares donde salíamos de paseo o en las fiestas familiares, pero siempre sólo ella y yo. Si le preguntaba a mamá por mi padre, siempre salía con evasivas y si le preguntaba a la tía Alma, ella siempre cariñosa y correcta me decía: “pregúntaselo a tu mama, linda”. Una nube cubrió esa etapa de la vida de mamá, pero lo que ella me daba a mí compensaba la usencia de mi papá y aún la información sobre su pasado.

Mamá vivió para mí, trabajando siempre con buen humor y ánimo para cuidarme, consentirme y educarme a su mejor entender. Siempre estábamos con la familia, ese grupo de gente que siempre están allí, apapachándote en las comidas, en los cumpleaños, en los momentos difíciles y en las alegrías grandes o pequeñas. Por así decirlo, no necesité nunca de un padre pues con mamá lo tenía todo. Aunque algunas noches me quedaba pensando en esto y me preguntaba cosas, como quién sería realmente mi padre, por qué no se quiso hacer cargo de mí, o en cómo hubiera sido mi vida si él hubiera estado allí, a mi lado. Pero el hubiera no existe, ¿verdad?

Crecí así arropada por mamá y los tíos, con un montón de primos con los que pasé fantásticos momentos. Gracias a mamá, estudié una carrera profesional, me gustó mucho la biología, desde la secundaria y más aún en la prepa, cuando entré más de lleno a los hechos fascinantes de la biología. En la Facultad de Ciencias de la UNAM, yo elegí el área de la zoología, pues siempre me gustaron los animales grandes y chiquitos, los acuáticos y las aves, los insectos y los anfibios y los terrestres. No fui noviera durante los estudios, pero saliendo de la carrera por causas del azar, me encontré con uno de mis compañeros en el proyecto final, sobre caracterización de la fauna de una zona cercana del Estado de México. Empezamos a hacer varias visitas en equipo, con otros compañeros y eso dio pie a que nos conociéramos más y enfrentáramos distintas situaciones juntos. Cuando nos dimos cuenta Giovanni y yo, ya éramos muy cercanos, inseparables y estábamos enamorados.

Después de concluir esos estudios, titularnos y encontrar empleo en una agencia gubernamental sobre Biodiversidad, decidimos que lo más lógico era casarnos y empezar una nueva vida juntos. Mamá se alegró mucho con la noticia, ella siempre supo todo de mí, era mi madre y mi amiga. La boda fue muy sencilla, aunque con todos los tíos y primos era grande en número. Para entonces mi mamá ya había dejado de trabajar, estaba jubilada y tenía algunos ahorritos, con los que costeó los gastos de la boda. Mi abuelo ya había muerto para entonces. Para mi satisfacción Giovanni y ella se llevaban muy bien, ella lo procuraba y lo chiqueaba como a mí y el correspondía a ese cariño. Nos quedamos a vivir con ella, pues no es fácil poner una casa en estos días, además ella estaba sola y la casa es grande para una sola persona. Puedo decir que fueron muy buenos tiempos, juntos disfrutamos muchas cosas, pero también nos dejaba tener una vida como pareja, muy discreta se aislaba o se iba de visita con los tíos cuando era adecuado.

3.
Mamá murió a los cinco años de que nos casamos Giovanni y yo. Un año antes de su muerte se enteró de la noticia con una calma admirable. Tenía un cáncer ya avanzado y muy difícil de erradicar. No la vi llorar ni perder el control, quizás porque recordaba la muerte de mi abuela y le pareció como un hecho lógico. Recuerdo que decía que agradecía a la vida haberle permitido vivir más que a su mamá y verme como una profesionista, casada y feliz. Sin embargo, aun a sus 68 años era joven y tenía que haber vivido más. Tomó con mucha seriedad su enfermedad y se trató desde el inicio en Cancerología, donde le hicieron estudios y decidieron meterla a un protocolo de quimioterapias rápidamente.

Giovanni y yo la acompañamos tanto como pudimos al hospital. Sobre todo, los días en que llegaba temprano y le aplicaban aquellas inyecciones por el catéter colocado cerca de la clavícula, recostada en un sillón inclinable y cubierta por una manta. Acabando la terapia se sentía débil y a veces con nauseas, Había que subirla a un taxi y llevarla a casa a empezar su recuperación. Fue muy duro, pero también hubo momentos muy especiales entre ella y yo. Cada vez que me quedaba por la noche a cuidarla, me contaba muchas cosas de la familia, evadiendo siempre el tema de mi nacimiento. Fue una mujer muy fuerte y vital. Hacia todo lo que los médicos le indicaban, cuidábamos de su dieta, descansaba mucho y cuando ya se sentía mejor, había que volver al hospital por una nueva dosis y volver a empezar. Yo noté que disminuían su energía, sus ratos alegres donde se ponía muy platicadora y se hacía cada vez más chiquita y delgada. Nunca externe mis miedos, ni mis dudas, porque solo quería animarla y transmitirle optimismo. Al parecer mamá no tenía miedo de lo que venía, por su fuerte convicción de que le agradecía a la vida lo que le tocó vivir, aun así, viera que el final estaba cerca.

Mamá murió por la noche, muy en paz. Yo estaba a su lado y solo alcanzó a despedirse de mí y a decirme lo mucho que me quería y todo lo bueno que esperaba para mí. No hubo quejas, no hubo reclamaciones, solo hubo mucha paz. Yo me desmoroné completamente y me abracé a su frágil cuerpo, llorando su partida y agradeciéndole todo cuanto hizo por mí en vida. Más tarde le avisé a Giovanni, quien lloró conmigo, antes de empezar a hacer todo lo que una muerte cercana implica: levantar el acta de defunción, hacer los trámites del Seguro, pactar la sala de velación y la posterior cremación. Me puse a avisar por teléfono al Tío Abel, único sobreviviente de sus hermanos, a algunos primos, pidiéndoles que me ayudaran a avisar a los demás y a dos o tres amigas cercanas de mamá. Giovanni como siempre fue comprensivo, afectuoso y un gran soporte para mí. El sufrió también mucho la muerte de mamá, pues de verdad se querían mucho.

No fui a trabajar una semana completa, pues me autorizaron dedicarme a los asuntos del velatorio y cremación de mamá y a todos los trámites que hay que hacer. Días después del velorio yo estaba aún consternada, un poco débil y empezando a sufrir su ausencia, entonces decidí empezar a arreglar su cuarto para deshacernos de cosas que ya no harían falta, regalar algunas de sus pertenencias y guardar otras para mí. En esos trabajos bajé unas cajitas que mamá tenía en la parte más alta del closet. Encontré muchas fotografías, recuerdos de la vida de mamá, como invitaciones a bodas y bautizos, cajitas con anillos y pulseras, y hasta ropa que nunca estrenó y que guardaba pulcramente en su bolsa original.

Entre todas esas cosas, encontré un legajo de cartas atadas con un cordel. Hoy que ya nadie escribe cartas en papel, me dio mucha curiosidad en que años y qué personas escribían esas cartas que mamá guardaba celosamente quizás por años. Las cartas eran efectivamente muy viejas, algunas escritas por mi tía Alma, otras por el tío Abel y el tío Efrén, Creo que el tío Raúl nunca fue bueno para escribir, pues no había una sola de su autoría. En el legajo había también tarjetas postales, de esas que se mandaban antes, con imágenes a veces en blanco y negro, otras ya en color, con pintorescos pueblos, brillantes edificios y aún una que otra proveniente del extranjero. ¡Cuántos recuerdos! Qué bonito era dejar esas constancias de vida, todos esos detalles que confirman que estuviste aquí y que viviste mucho. Al final de todas esas cartas y tarjetas, había dos que me llamaron la atención, unidas con un clip. La primera era para mi mamá, escrita en letras cursivas muy elegantes, el sobre ya amarilleaba y los timbres acusaban que la carta se envió hace casi treinta años. La abrí y al leerla supe su contenido: un hombre le agradecía a mama lo bien que habían pasado unos días maravillosos en Ciudad de México y se lamentaba de no haber podido estar más tiempo con ella, le aplicaba calificativos como hermosa, gentil, inteligente y otros. Le prometía que en poco tiempo resolvería sus asuntos en Chihuahua y regresaría para reencontrarla e iniciar una vida a su lado. Lo prometía reiteradamente. Se despedía muy cariñosamente y firmaba: Siempre tuyo, Ángel.

Todo me empezó a dar vueltas en la cabeza, pero respiré tres veces profundamente antes de abrir el segundo sobre, dirigido a un Ángel Alarcón en Chihuahua, Chihuahua con matasellos de unos meses después de la primera misiva. Esta carta había sido escrita a máquina por mamá, aunque firmada a mano. En ella preguntaba por qué no había recibido respuesta a su carta, y aunque muy amablemente, le instaba a volver. La noticia era que ella estaba esperando un bebé suyo y no quería pasar por eso sola, aunque si, definitivamente estaba decidida a tenerlo y quererlo. Sola o acompañada, decía. Finalmente le juraba que lo quería y que solo esperaba a tenerlo de vuelta en México. Volví a meter la carta en su sobre. Me quedé perpleja. La respuesta a todas mis preguntas estaba allí en dos breves cartas, escritas hace muchos años. ¡Él era mi padre! Volví a ver el sobre de la segunda carta y noté que además del matasellos de correo, tenía un sello adicional en color azul, que decía: Esta carta fue devuelta a su remitente por que el destinatario ya no vive en el domicilio (Deceso).

 

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