Un verano de 2016, mi vida cambió para siempre. Deje de ser una niña para convertirme en una mujer que debía cuidar a su familia.

Ese verano, el cáncer entró a nuestras vidas sin pedir permiso, algo que me costó mucho de asimilar.

Quién iba a decir que esa niña de 2016 en 2019 le tocaría despedirse de su madre. Es algo que siempre rondaba por mi cabeza, porque cuando el cáncer entra en tu vida ya es más difícil dejarlo salir sin que vuelva. Y así era, volvió dos veces más sin pedir permiso.

Recuerdo este verano como el peor de mi vida, tener que ver como mi madre, mi otra mitad, se va apagando poco a poco, y lo peor de todo ¿sabéis qué es? El que no esté en tu mano poder hacer algo. Te sientes impotente, impotente de no poder hacer más de lo que haces.

Es muy difícil tener que asimilar que vas a perder a una madre, en mi situación fue más difícil aún. Éramos inseparables, desde bien pequeña he estado muy unida a ella, teníamos una relación admirada por muchísima gente. Jamás imaginé que me la arrebatarían de mi lado tan pronto. Jamás me imaginé tener que vivir una vida sin ella, nos quedaban muchas cosas por hacer y compartir juntas.

En noviembre de 2019, me tocó despedirme de ella para siempre. La cogí de la mano y le dije lo muchísimo que la quería, que había sido la mejor madre que una persona podría tener, que intentaría ser como ella, aunque sería difícil igualarla. Recuerdo ese momento como si fuera ahora mismo: era consciente de que sería la última vez que la tendría cogida de mi mano, que le hablaría, que la vería. Esa mañana, un 14 de noviembre, llovía mucho, y algo en mi interior me decía que mi madre se iría. Y así fue, pocos minutos después de despedirme de ella cerró los ojos para siempre. ¿Qué os voy a decir? No sabría explicar con palabras lo que sentí en ese momento. Hasta el día de hoy sigo sin asimilar del todo que no la volveré a ver, que no podré cumplir ninguno de mis sueños con ella. Escribo todo esto con lágrimas en los ojos, porque van pasando los meses, los días, las horas, los segundo, pero yo sigo pensando en ella igual que desde el primer día, la tengo presente en todo lo que hago, en cada paso que doy.

Un hijo jamás está preparado para despedirse de su padre o su madre.

Ahora queda mucho trabajo por delante, mi vida es una montaña rusa de emociones, un día subo y bajo, y en ocasiones no se cómo llevar mi vida. Me siento perdida en medio de un océano, y cuando menos me lo espero, vuelvo a subir hacia arriba.

Sé que esto jamás se superará, pero espero algún día poder aprender a vivir con ello… por muy difícil que sea.


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